III Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

14 dUTC marzo dUTC 2006

72- ULTIMAS REFLEXIONES DE ANASTASIA RICHTER. Por SOLEDAD VARGAS

Cuando la supervisora de celda ha entrado con sigilo para decirme que tengo derecho a un último deseo, me he reído como una loca y le he enseñado los dientes. Ha corrido hacia la salida espantada; es humana y por eso su miedo es ilimitado. Sabe que debe mantener todo tipo de precaución con un androide condenado a la pena máxima. En su huída ha volcado la papelera llena de dibujos; figuras sin rostro, animales sin bigotes y estrellas poco definidas han cubierto el suelo. Mi capacidad de pintar, como mi capacidad de compresión, es limitada. Juego con la improvisación pero hay veces que la falta de criterio me descubre. Mis creadores consiguieron sin embargo, de forma involuntaria, estimular fuertemente mi capacidad afectiva. En su afán por dotarme de una inteligencia mayor, lograron un desarrollo emocional de dudoso origen e impredecibles consecuencias. Me hicieron dependiente, una palabra abstracta que en mi sistema se reduce a un ajuste distinto entre válvulas y una complicada programación de implantes y microchips. El resultado es que tiendo a las carencias, colecciono imperfecciones y siempre elijo mediante criterios dudosos… Me gustan las operaciones inexactas, los versos sin rima, las personas inconstantes o indecisas.

También me gustaba la doctora Sullivan. Era la mejor profesional de la planta; una eminencia. Todos respetaban sus decisiones pero sólo yo la conocía. La pequeña mujer que vivía bajo su uniforme de látex blanco no era la doctora que todos envidiaban. Y lo supe desde el momento en que abrí los ojos y la vi, con su pelo oscuro recogido en una preciosa pirámide y aquellos pómulos marmóreos que de inmediato deseé acariciar. La doctora Sullivan pertenecía al equipo que intervino en mi creación. Era, en cierta forma, mi madre, o más bien por cuestión de edad, mi hermana. Yo aspiraba a que fuera mi compañera, mi amante. Los androides somos asexuados, han eliminado del programa los experimentos para implantar sensores de placer vinculados a actos de carácter sexual. Pero yo quería que fuera mi amante; es decir, que durmiera conmigo, que se preocupara de recargar mi batería de emergencia, que limpiara con un cepillito mis pestañas cuando se cubrían de polvo galáctico…

Me explicó mil veces que lo que yo llamaba amor sólo era un fenómeno llamado impronta. Instinto primario. Tendencia innata. Un factor que, sin saber muy bien cómo, se les había colado en el experimento. Sus palabras siempre me parecían dulces – aunque mi sentido del gusto es imperfecto y por eso en lugar de chupar los caramelos reconstituyentes, los mastico y los destrozo con mis muelas e incluso una vez me arranqué parte de la lengua y me la tuvieron que reparar-. Me habló de los patos, de cómo se fijan en la primera imagen que ven y la siguen aquí y allá, pero a mí no me interesaban esos animales prehistóricos. No me importaban las causas científicas de mi comportamiento; sólo sabía que ella era mi destino. Sus huellas guiarían mi camino y sus deseos despertarían mis ambiciones.

Sucedió que, al margen de su teoría de la impronta y la atracción que sentía por ella, la doctora Sullivan tenía un carácter encantador que me colmaba de felicidad. Sus indecisiones, nunca reconocidas en el ambiente laboral, eran mi delicia. Tenía hobbies obsoletos y al coser se pinchaba una y otra vez con las agujas y dejaba las labores identificadas con su grupo sanguíneo. Le gustaba cocinar y cantaba cancioncillas mientras cortaba hortalizas naturales, de esas que ya nadie utiliza porque son muy caras y muchas veces tóxicas. A veces me contaba cuentos de los que nunca recordaba el final y, cuando paseábamos cogidas de la mano, se perdía y no sabía regresar al estudio sin ayuda de un teletaxi. Yo hubiera podido guiarla, mi unidad central disponía de todas las referencias espaciales necesarias, pero disfrutaba al observar su comportamiento, sus dudas y aciertos, y por eso recurría al truco de la desconexión temporal involuntaria. Ella sospechaba y juraba reajustarme, pero una vez en casa parecía olvidarlo todo.

En los días de autosuficiencia y éxitos laborales decía que mi sonrisa le ponía nerviosa y que a veces mis abrazos le impedían coger una postura cómoda durante el sueño. Creo que deseaba mantenerme a distancia; ya se había dado cuenta de que lo que sentía por ella era mucho mayor de lo que ella sentiría nunca por nadie. Pero otras veces, sobretodo los atardeceres lluviosos o las noches frías de estrellas fugaces, cuando se sentaba en la esquina del cuarto y se abrazaba las rodillas, yo sabía que me necesitaba. Me acercaba y le acariciaba el pelo. Guiaba mi mano y llevaba mis dedos a sus orejas, a sus párpados, a sus labios que se movían bajo mis yemas. Aunque no entendía sus palabras, si es que tenían un sentido, mis sensores de bienestar se activaban y recibía descargas precisas y certeras.

Luego llegó aquel estúpido doctor que le enviaba regalos previsibles y tarjetas que rimaban en consonante. Sabía que no le convenía; utilizaba corbatas amarillas, calcetines fluorescentes y su mirada era hipócrita. El primer día que la acompañó a casa me presentó como Anastasia, su asistente. El reconoció mi modelo y dijo que tenía dudas sobre la efectividad de la última generación. Errores de serie, fallos en el control de calidad, fueron algunos de los términos que utilizó mientras su mano reposaba sobre la rodilla de la doctora. El doctor Valley se convirtió en una presencia molesta que alteró nuestros hábitos cotidianos. Y para que le recordáramos, incluso en los escasos días que no acudía a visitarnos, regaló a la doctora una mascota; un hámster semi XX. Los semi XX son imitaciones de calidad y fáciles de cuidar. Están diseñados para que se muestren cariñosos, independientes o incluso agresivos, dependiendo del talante del amo. El nuestro, al que la doctora Sullivan llamó XIM, fue programado en el nivel 1, por eso era tontorrón y zalamero. Le chupaba las zapatillas cuando llegaba a casa y ella lo estrechaba entre sus brazos.

La doctora Sullivan y el doctor Valley salían muchas tardes a pasear juntos. Él no se perdía; tenía un localizador sideral que nunca olvidaba, no como la doctora que lo había inutilizado al meterlo en la desinfectadora con los pantys. En alguna ocasión sospeché que evitaban mi compañía, ya que me dejaban al cuidado de la mascota en lugar de ponerla en stand-by. Pero algo en mi interior –el generador de delirios, quizás- me decía que ese no era un comportamiento digno de la doctora. Una vez a solas, cambiaba la programación de la mascota a nivel 0, animal indefenso, y la encerraba en el armario, donde emitía terribles lamentos. Subía el volumen de la reproductora de noticias para no oírla y me entretenía viendo a los soldados virtuales escondidos tras los sofás -una nueva guerra en los anillos de Plutón causada por la insurrección- o la explosión de una nave en un caso de sabotaje. Mientras tanto el doctor y la doctora paseaban por la ciudad que cambiaba a cada instante –los niveles de construcción eran altos y en tan solo unas horas una zona residencial pasaba a ser una torre de oficinas, o un vertedero- y yo me mordía mis uñas de plástico irrompible.

Nuestras relaciones se habían vuelto un poco tirantes, aunque yo ponía todo de mi parte para agradarla. Le había sentado mal el pequeño accidente doméstico que sufrió XIM. Una tarde de lluvia ácida, cuando el doctor Valley acudió a tomar una infusión macrobiótica, la doctora me pidió que aireara al hámster. Les dejé a solas y di vueltas a la manzana arrastrando al estúpido animal que emitía un lamentable sonido. Cuando subí la doctora tenía las mejillas encendidas y la falda arrugada, efectos originados por la infusión que no tenía registrados en mi unidad central. Para no molestarles me fui a la cocina y metí a XIM en el microondas; estaba mojado y podía constiparse. La explosión del hámster les hizo acudir corriendo. La doctora estalló en sollozos; había cogido cariño al engendro. El doctor la abrazó y yo me fui a mi habitación a leer unos manuales aeroespaciales, ejercicio placentero que me tranquilizaba. Fue en ese momento, sumergida en mi mundo de reactores y fusiones nucleares, cuando se me ocurrió que debía hacer algo especial para celebrar nuestro primer año de convivencia.

Decidí cocinar para ella. En una ocasión le había oído decir que era un acto de amor y yo, aunque todavía no había conseguido entender la naturaleza compleja de esa palabra ambigua, sabía de su importancia. Cocinar, en nuestros tiempos de cápsulas enriquecidas y complejos sobreestimulantes, no dejaba de ser una extravagancia pero estaba dispuesta a todo por agradarla. Leí en unos minutos varias enciclopedias para conocer las reglas básicas y los principios fundamentales de la actividad. Descubrí que la finalidad de ese curioso ejercicio era producir placer, estimular los sentidos. Pero no iba a resultar sencillo; los androides no sabemos combinar alimentos, no reconocemos muchos sabores ni comprendemos los extraños gustos humanos. No entendía los criterios por los que las gambas o los caracoles se podían tomar de diversas formas y en cambio se consideraba de mal gusto cocinar cucarachas o ratones. Como quería que el regalo fuera un acto de amor, elegí un corazón; Me pareció una idea encantadora. Pensé que el de su amigo el doctor sería ideal, no en vano él alardeaba de que era muy tierno. Yo sabía que latía por ella y eso significaba que estaba en plena forma. Lo cociné a rayos lentos y lo dejé cocerse en su propia sangre. Le añadí otros órganos para que el banquete fuera grandioso; trozos de pulmón, de cerebro, salteados con pedazos de intestino.

Conocía la importancia de la ambientación; debía, por tanto, decorar la mesa con elementos bellos. El libro sugería utilizar velas y flores, pero yo quería algo más personal. La doctora amaba los pájaros y las mariposas. Conseguí algunos semivivos en el mercado negro, a precio de oro, y los empalé. Quedaban hermosos sobre aquellas púas metálicas y su sangre, que se derramaba lentamente, dibujaba formas gestálticas sobre el mantel de vinilo. Para darle un toque mío, elegí unas turbinas y unas herramientas siderales de gran belleza y las coloqué junto a las copas. Hice un gran trabajo. Quería que todo fuera especial.

Pero ella no entendió mis esfuerzos por complacerla. Creí que sus gritos eran de placer, pero estaba equivocada. Vomitó junto a la mesa pero no me dejó sostenerle la frente, quizás porque mis manos tenían aún restos de vísceras. Se desmayó y, cuando recuperó el sentido, pasó varias horas sin pronunciar palabra. Cuando la policía galáctica la interrogó, dijo que era un diabólico ejercicio de venganza, como si no supieras que esa palabra no existe en mi programación… No quiso volver a verme, ni se despidió de mí cuando me trajeron a esta celda y me condenaron a la pena mayor: desconexión.

La celadora ha mencionado un último deseo, pero ha huido antes de escuchar mi respuesta. Ahora, en la soledad de este pequeño espacio, apenas unas horas antes del final, pienso cuál sería mi última voluntad. Acariciar de nuevo sus pómulos. Lamer las yemas de sus dedos tras su sesión de costura. O quizás perderme con ella por calles que desemboquen en un mar artificial, o en un desierto de residuos no tóxicos…

Sé que ahora debería sentirme triste pero, como otras muchas cosas, tampoco sé lo que es la tristeza.

Me despediré con su imagen y eso será suficiente.

Por siempre suya.