III Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

10 dUTC marzo dUTC 2006

55- El viaje. Por Iris

– ¿Qué vas a hacer en Nochevieja?- Después de preguntarlo, Alejandro temió haber sido demasiado brusco y aguantó sin apenas respirar los segundos en los que no oyó nada al otro lado del teléfono.
– En realidad, había pensado suicidarme- Le respondió aquella voz femenina a la que, sin saberlo, ya había empezado a amar.
– Me parece bien- acertó a decirle mientras que sus ojos se llenaban de lágrimas. – Pero antes quiero que cenes conmigo. Nos vemos, hablamos, pasamos unas horas juntos y, si después de todo esto sigues pensando lo mismo no haré nada por impedir tu voluntad-
– Bueno. Ya te diré algo más tarde. Ahora me apetece estar sola- Sin dar tiempo a escuchar la respuesta, Mónica colgó el teléfono y se quedó estirada en silencio en la cama. La poca cordura que aún le quedaba gritaba en su mente que ni se le ocurriera quedar con un tipo al que no conocía de nada porque lo más probable es que terminara descuartizada en cualquier contenedor de la parte baja de la ciudad. Sin embargo, el descontrol y la locura que se habían apoderado de ella durante los últimos meses la animaban a hacer todo lo contrario. – Total qué más da si acabo muerta en cualquier esquina. Si no me asesina este hombre me voy a quitar la vida igual- Durante varios minutos asistió en silencio al combate que las opciones A y B estaban librando en su mente. Después consiguió evadirse por completo. Para cuando quiso darse cuenta reinaba el más absoluto silencio en su interior.

Alargó la mano y cogió el portátil que estaba sobre la mesa en la que escribía a diario. Encendió el ordenador y buscó en Internet los horarios de los vuelos previstos para el 31 de diciembre. Era consciente de que iba a ser complicado encontrar un asiento en un día como ese en el que la gente hace cosas como celebrar en el aire la entrada del nuevo año pero, tal vez, aún quedara alguna plaza libre. Después de varios minutos en la red logró encontrar un vuelo que aterrizaba en la ciudad a una hora bastante decente y en el que quedaban un par de plazas. Marcó la opción de “solo ida” (total no pensaba regresar), introdujo los datos de su tarjeta de crédito y unos segundos más tarde tuvo la confirmación del vuelo en la pantalla. La anotó en la libreta que siempre llevaba encima luego cogió el teléfono móvil y escribió: “Llego a las 18’30 del viernes. Si no tienes nada mejor que hacer puedes venir a recogerme al aeropuerto. Nos veremos aunque eso no cambiará lo que sucederá más tarde”.

Alejandro se enteró de su llegada mientras que compraba los libros que le iban a servir de entretenimiento durante las fiestas de Navidad. El único compromiso que tenía para esos días era el tradicional almuerzo del día 25 con su familia. El resto de las fiestas de la paz, el amor y el consumo, se las iba a pasar en compañía de Angus, el siamés que, cuando le daba la gana, le hacía algo de compañía. Leyó el mensaje y se le aceleró el pulso. Conocer a esa mujer era lo que más deseaba en el mundo independientemente de lo que sucediera más tarde. Le contestó con un escueto “allí estaré” y continúo hojeando las últimas novedades editoriales. No encontró nada que le convenciera así es que se dirigió hacia la sección de los libros de bolsillo. Tal vez pudiera agenciarse un par de best sellers ligeritos que lo mantuvieran entretenido hasta que ella llegara. Después de pasar la vista sobre varios ejemplares sus ojos se quedaron fijos en un título. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Hacía unos días Mónica le había hablado de él. De cómo se había emocionado al leerlo la primera vez muchos años atrás y de todos los sentimientos que aquellas páginas habían provocado en ella. Alejandro no lo pensó dos veces. Cogió el libro y lo puso junto con los otros cuatro que había escogido. Pagó y cogió el ascensor que le llevó hasta el aparcamiento. Accionó el mando a distancia del coche y las puertas se abrieron. Entró y se acomodó en el asiento del conductor. A continuación metió la mano en la bolsa que llevaba y sacó un libro. Cogió la pluma que llevaba enganchada en el bolsillo de la camisa, abrió el libro y en la segunda de sus páginas escribió: “Entrégamelo si decides marcharte. Llévalo siempre contigo si decides volver. En cualquier caso no me prives de la magia que hay en tu alma”. Así nunca olvidare la esencia de tu alma”.Puso la llave en el contacto del volante y el coche arrancó suavemente. Conectó el equipo de música y empezaron a sonar los primeros compases de Madame Butterfly. Tenía más de una hora de viaje hasta casa y sólo deseaba pensar en ella.

La Nochebuena y la Navidad pasaron con más rapidez de la que habían imaginado. Alejandro trató de hablar con ella durante todo el día 24 pero sólo lograba dejar mensajes en el buzón de voz. A lo largo de varias horas se temió lo peor pero, en su interior, algo le decía que Mónica estaba bien. Dos días después, a primera hora de la mañana logró hablar con ella. Su voz sonaba más animada que de costumbre y esto le inquietó. Sabía que aquella mujer estaba hundida por completo y que no tenía ningún control sobre ella misma. Trató de mantener una conversación amena y se encargó de mostrarle su entusiasmo ante la idea de verla a penas una semana después. Por eso se sorprendió tanto cuando ella le anunció su cambio de planes.
– He decidido que en vez de ir a verte la última noche del año es mejor que nos conozcamos ya. Tengo un billete para el último vuelo de la noche. Estaré en la ciudad a las 23 horas. Si no puedes venir a recogerme o tienes algún compromiso, lo entenderé- Mónica apenas pudo contener lo que acababa de decir. No era cierto que tuviera ningún billete para ese mismo día. Por algún motivo que desconocía estaba poniendo a prueba a la única persona que la había apoyado en las últimas semanas.
– Allí estaré- sentenció Alejandro. – Llegaré a la ciudad sobre las cuatro de la tarde porque quiero hacer unas compras. Después iré al aeropuerto y te esperaré -.
– Vale. Entonces dentro de unas horas nos veremos los rostros, forastero. Jajaja- No hubo tiempo para respuestas porque Mónica ya había colgado.

Se vistió a toda prisa, cogió lo primero que encontró en el perchero de la entrada y corrió a la calle. Mientras esperaba el ascensor reía de su propia locura. – Como no haya billete para mañana me da algo- murmuró sin dejar de reírse. Salió del portal y apretó el paso. Quería llegar cuanto antes a la agencia de viajes. Justo en la puerta cayó en la cuenta de que ya tenía un vuelo reservado pero para cuatro días después. No sabía sin con menos de 24 horas de antelación podía cambiarlo y cuánto dinero le iba a costar. En cualquier caso, daba lo mismo. Entró y explicó la situación a la persona que siempre se había encargado de organizar los viajes para la familia.

– ¿Un billete de avión para esta misma noche? Veré lo que puedo hacer niña pero eso se avisa con más tiempo. Os entran las prisas y pensáis que nadie más viaja- Luisa la conocía desde que a penas caminaba y siempre le había preparado los mejores viajes que ella podía recordar. Aunque era amiga de la familia, había sido muy discreta con las idas y venidas de Mónica, cosa que ella agradecía mucho. Después de teclear en el ordenador lo que parecía la mismísima Biblia, Luisa la miró con una expresión de triunfo. – Sus deseos han sido escuchados. Tienes una reserva para el único vuelo de esta noche – .
– El señor te lo pagará con muchos hijos- afirmó Mónica con sorna-.
– ¡Déjate de hijos y vete pensando cómo me vas a devolver el favor!-
– Luisa, te estaré eternamente agradecida – respondió al mismo tiempo que entregaba la tarjeta de crédito para pagar el viaje.

“A lo mejor es un psicópata. Igual me mete en el coche y me descuartiza. O a lo mejor es los crueles que prefieren asfixiarte lentamente. Lástima que el avión no haga paradas porque aún estaría a tiempo de bajarme y volver a casa. Siempre he preferido las pastillas como método para abandonar este mundo”. El monólogo interior que Mónica estaba viviendo desde que había puesto el trasero en el asiento del avión era constante. Conforme se acercaba el momento del aterrizaje se sucedían en su mente formas de morir dignas del mismísimo Tarantino. Sin embargo, la voz del comandante Carvajal, el tipo que supuestamente pilotaba el avión, causó en ella un efecto relajante. Se acomodó en el asiento, acercó la cabeza a la ventana y divisó con claridad las luces de la ciudad. En menos de lo que esperaba notó cómo el avión tocaba tierra y el movimiento de los primeros pasajeros en sus asientos hizo que se pusiera en marcha. Se levantó, cogió su abrigo y la mochila en la que llevaba su famoso cuaderno, las tarjetas de crédito y algo de efectivo y se puso en la cola para bajar. Después todo sucedió muy rápido. Como no llevaba equipaje se ahorró todo ese proceso y se dirigió a la zona de salida. Se abrió la puerta y vio un montón de gente que esperaba a sus familiares. Empezó a andar con paso firme hacia un banco libre que acababa de ver. En el mismo instante en el que iba a sentarse alguien le tocó la espalda. Mónica se giró y, enseguida, reconoció aquel rostro. Era más joven que en la foto que le había enviado y un poco más bajito pero, sin duda alguna, aquel era Alejandro. Él iba a darle un beso en la mejilla pero ella pasó sus brazos alrededor de su cuello y le abrazó con tanta fuerza y desesperación que a punto estuvo de no poder contener las lágrimas. Al final consiguieron separarse.

– ¡Por fin has llegado. Estás preciosa! La foto que me enviaste no te hace justicia- Ella le miró directamente a los ojos. – Pues tu tampoco es que fueras Robert Redford en la cosa aquella de imagen que me enviaste-. Una sonora carcajada les envolvió. Alejandro le cogió la mochila y la guió hasta el lugar en el que había aparcado. Se sentaron el uno junto al otro en el interior del coche y, sin decir nada, Alejandro sacó un paquete pequeño del interior de la guantera. – Esto es para ti- le susurró. – Yo no tengo nada para ti- respondió Mónica. – No esperaba nada-, afirmó él con timidez. -Simplemente lo vi, me acordé de ti y lo he traído. ¡Ábrelo!-

Cogió el paquete que él le ofrecía y advirtió que estaba temblando. Le miró a los ojos pero no se atrevió a pronunciar el pensamiento irónico que le había venido a la mente. Abrió el regalo y se quedó en silencio. Cientos de imágenes y sentimientos contradictorios acudieron a ella. Se aferró a aquel libro como si la vida le fuera en ello y unas pequeñas letras aparecieron ante ella. Rompió a llorar. Alejandro se sorprendió. Nunca había visto tanta tristeza y desesperación contenidas en una persona tan joven. La abrazó aunque sentía que aquello no era suficiente pero tampoco sabía qué más hacer. Mónica se apartó con suavidad de él. Puso la mano en el interior de su bolso y de él surgió un tubo transparente cargado con pastillas de diferentes colores. Él hizo intención de hablar pero ella le rozó los labios con sus dedos. Se le acercó al oído y la susurró…” ¡He vuelto!”