III Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

21 dUTC marzo dUTC 2006

130- Pan duro. Por Blacamán

Han pasado cuarenta años y aún recuerdo como si fuera hoy el día en que el Pelotari llamó a la puerta una mañana en que estaba yo solo en casa. Supe que era él por la forma de llamar: un picotazo en el timbre seguido de dos golpes secos. Yo entonces tenía nueve años y mucho miedo, miedo de su figura mugrienta y desharrapada, de sus ojos alucinados, de sus greñas y barba pegajosas. Pero sobre todo tenía miedo de sus manos: enormes, con las uñas largas y sucias; unas manos a veces tan hinchadas y amoratadas que me recordaban al perro ahogado que un día vi flotando en un río.
El Pelotari era uno de los tres pobres que mendigaban por mi barrio. Los otros dos no tenían nombre ni mote conocido, eran sólo pobres, sin más. Estos no me daban demasiado miedo, ni siquiera cuando me acerqué a ellos para comprobar el tamaño de sus manos, pues hasta ese día yo había pensado que a todos los pobres les crecían las manos, como al Pelotari, de tanto pedir limosnas. Entre los tres se repartían el territorio, pero no eran pobres anónimos como los de ahora, sino que llamaban a las puertas de las casas con la misma o mayor asiduidad que el cobrador de la luz o de las pompas fúnebres. Quiero decir que el Pelotari era nuestro pobre, y que era como de la familia. Aun así, su figura de espanto, sus ojos de loco me atemorizaban
Aquella mañana, cuando el Pelotari llamó a la puerta, mi madre había salido al mercado y yo estaba solo en casa, jugando en el pasillo, sin atreverme a entrar en el salón porque allí, sobre el aparador y frente a un plato con aceite en el que ardían unas lamparillas, se encontraba la Virgen Peregrina, dentro de una pequeña capilla de madera con un cristal protector y una ranura para las limosnas. Y aunque ya era costumbre que cada cierto tiempo la Virgen llegara a nuestra casa de la mano del vecino que nos precedía en la lista de devotos, sólo en aquella ocasión me había hablado mi madre de su poder para hacer milagros y para leer mis pensamientos. Por eso andaba yo aquel día con el sigilo de los gatos y en lucha conmigo mismo, espantando mis pensamientos, no fuera Nuestra Señora ―así la llamaba mi madre― a leerme en la cabeza que en su visita anterior yo había robado, con la ayuda de un cuchillo que introduje en la ranura, cinco pesetas de su caja de limosnas.
Me sobresalté al oír el timbre, pero no fue hasta escuchar los dos golpes en la puerta que el corazón empezó a latirme con fuerza. Imaginé el dedo gigante y renegrido del Pelotari pulsando el interruptor, y luego su puño poderoso golpeando por dos veces. Como mi madre había salido, yo no podía esconderme agarrado a su falda y observar al Pelotari con esa mezcla de temor y atracción que me provocaba. Así que mi primera intención fue la de correr hasta mi cuarto, el más alejado de la puerta de la calle, y esconderme debajo de la cama a esperar que mi madre regresara. Pero hice lo contrario: me quité los zapatos, caminé de puntillas hasta la puerta y allí me quedé con la respiración contenida, a la escucha de los movimientos que pudiera hacer el Pelotari, a quién ya me imaginaba creciéndole la mano pedigüeña hasta alcanzar dimensiones de prodigio, como si el zoom de una cámara de cine la proyectara hacia mí.
Al Pelotari mi madre solía darle un trozo de pan duro, y aunque yo le temía, me parecía injusto que comiera de un pan destinado a la basura. Mi madre ya me había explicado que podían hacerse sopas con los mendrugos porque el pan se ablandaba con el caldo, y si bien sus palabras no me convencieron, no dije nada, pues a los nueve años uno se cansa de hacer preguntas para las que no halla respuesta. Tampoco entendía que el pan fuera bendito y tuviéramos que besarlo cuando se caía al suelo, pero no hiciéramos lo mismo con una manzana o una naranja. Ni entendía por qué las mariquitas eran, según palabras de mi madre, animalitos de Dios y, por tanto, teníamos que dejarlas vivir, mientras podíamos aplastar con la suela del zapato a las cucarachas, que eran unos asquerosos bichos del diablo. Pero sobre todo, no entendía por qué existían los pobres.
En silencio, detrás de la puerta, atrapado por el miedo imaginé que el Pelotari me señalaba con el dedo, que sus ojos se clavaban en los míos para escarbar en mis entrañas, y no tardé mucho en convencerme de que el experto pordiosero había encontrado las inmundicias de mi alma, que conocía ya mi pecado tan celosamente guardado, escamoteado incluso a mi confesor. Y de pronto el Pelotari era mi penitencia, o peor, el Infierno mismo esperándome al otro lado de la puerta. Y para defenderme de la angustia que esa idea me producía, recordé que mi padre ―quien aprovechaba cualquier circunstancia para sermonear con una historia edificante― me había explicado que los pobres no nacían pobres, sino que se hacían pobres porque no querían trabajar, o porque al carecer de estudios no encontraban trabajo, y que detrás de la sucia apariencia del Pelotari se escondía un hombre como él y como el abuelo. Así pues, intenté con la imaginación pelar al Pelotari igual que a una cebolla, quitarle cada capa de mugre, los harapos, la barba larga y enmarañada, hasta dejarle en el hombre que mi padre me había dibujado, dejarle incluso en el jugador de pelota vasca que, según se rumoreaba por el barrio, fue en otro tiempo. No lo conseguí: el Pelotari, oscuro habitante de la basura, pordiosero escarbando en las almas, me recordaba a las cucarachas, esos animales del diablo, y su hedor me llegaba a través de la puerta. Y lo peor de todo: venía a por mí.
De nuevo resonaron dos golpes. Di un brinco, como si hubieran impactado en mi pecho. Y de nuevo el silencio. El Pelotari nunca hablaba. No sé si era mudo, pero lo cierto es que jamás le oímos pronunciar palabra alguna. Cuando mi madre le abría la puerta, él extendía la manaza y así permanecía hasta que regresábamos de la cocina ―mi madre delante y yo detrás protegiéndome con su cuerpo― para darle la limosna. Nunca le oí dar las gracias, ni siquiera cuando mi madre le ofrecía unas monedas que de pronto parecían encogerse y perder su valor en la palma de su mano enorme.
No, el Pelotari no decía nada, pero mi boca quería gritar: “¿Quién es?” ― aunque yo sabía bien quién era―, y tenía que apretar los labios para acallarla, y entrelazarme las manos para que no se me fueran hacia el picaporte, pues una parte de mí quería abrir la puerta, enfrentarse al Pelotari, a sus ojos de adivino, aunque me castigara por las cinco pesetas que le había robado a la Virgen y también por el pan duro que mi madre le daba, pues de alguna forma yo entendía que la culpa de mi madre me incluía a mí, su cómplice silencioso y cobarde. Y de pronto, sin saber por qué, sentí la necesidad de subirme a una banqueta y asomarme a la mirilla, pero sólo con imaginar la cara del Pelotari, con pensar que tal vez él había puesto su ojo de loco pegado al cristal, me empezaron a temblar las piernas. Pensé entonces en aquello que mi madre tantas veces me había dicho: que Nuestra Señora podía hacer milagros si se le rezaba con fe. Así que salí corriendo hacia el comedor y me planté delante de la Virgen, pero sin atreverme a mirarla a los ojos. Las llamas de las lamparillas se agitaron al ritmo de mi respiración jadeante, al ritmo de las palabras que torpemente pronuncié en voz alta: “Si haces que se vaya el Pelotari, nunca más robaré”, le rogué a la Virgen, y me quedé expectante, atento a cualquier ruido.
El timbre no volvió a sonar, ni hubo más golpes, aunque pasado un rato oí abrirse la puerta de la calle. Me escondí detrás del aparador, convencido de que el Pelotari, más poderoso que la Virgen, se iba a presentar en el salón, avanzando hacia mí con la mano extendida en forma de garra para castigarme por todos mis pecados, pero fue mi madre quien apareció cargada con las bolsas de la compra, dando resoplidos y quejándose de lo cara que estaba la vida. Me encontró temblando. “Ni que hubieras visto un fantasma”, dijo al ver mi cara, y luego me puso la mano en la frente y dijo: “Tienes fiebre; habrás cogido frío”. Esa era otra de las cosas que yo no entendía entonces: que por coger frío estuviera ardiendo. Mi madre me obligó a acostarme y me puso el termómetro. Luego me dio a beber unos polvos diluidos en un vaso de agua, que tragué a pequeños sorbos amargos, entre arcadas, y me arrebujé después debajo de las sábanas, feliz de que el Pelotari se hubiera marchado y de que mi madre trajinara por la casa, cantando esas coplas que cantaba a todas horas.
No conté nada de lo que había sucedido, porque sin burlarse de mí, con esa forma suya de remansarme las emociones, mi madre habría conseguido que mis temores parecieran ridículos. Y acaso por el silencio, y el remordimiento que escondía, esa misma noche soñé que abría la puerta de la casa y me encontraba al Pelotari apenas iluminado por las débiles llamas con que ardían cinco monedas en la palma de su mano derecha, cinco monedas que eran a la vez, por esa mágica cualidad que tienen los sueños, cinco ojos delatores. Y aunque la mirada del Pelotari era también delatora, aún más terrible en la penumbra, y su aliento olía a vino y podredumbre, yo le entregaba en su mano libre, la izquierda, una barra de pan tierno y caliente. Pero tampoco en el sueño decía nada el Pelotari, se daba media vuelta y empezaba a bajar por las escaleras, sin poder agarrarse al pasamano, tanteando los escalones con sus zapatos rotos y retorcidos, sin cordones, y luego giraba la cabeza para mirarme, y en su boca mellada, a la titubeante luz de las llamas, se dibujaba una sonrisa siniestra.