III Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

21 dUTC marzo dUTC 2006

125- Una ballena te saluda. Por Hudson

A los diez minutos de dejar el poste con la campana se llegaba a la pequeña playa de la ensenada. En un tiempo no lejano esta campana se colocó con una turbia finalidad: dar aviso a los contrabandistas que llegaban por mar de que había peligro arriba. Que la ronda de la benemérita andaba cerca y que la vieja campana del pueblo y concatenada la de la ermita de Santa Inés habían hecho el primero y el segundo repique. Y el tercero lo daba la campana del cerro. Por este orden. Se tiraba del cordel y un fuerte tañido viajaba como una burbuja de aire por la vertiente escabrosa de piedra volcánica. Un sonido agudo y monocorde se demoraba en suspensión algunos segundos.

Antiguamente aquella campana había sufrido incontables desmantelamientos. Las órdenes judiciales mandaban arremeter contra todo perjuicio que dificultara la aplicación de la justicia. Pero incontables fueron también las sucesivas instalaciones. Y la campana volvía a avisar hasta nueva orden. En la actualidad era un bien del patrimonio colectivo que otorgaba al cerro de un distintivo excepcional.

Cuando Marcos y yo tiramos del cordel aquel último verano y serpenteamos por el sendero, con la mirada colocada en la negra arena que se nos aparecía callada, como muerta, no queríamos avisar a nadie. Simplemente profanamos el silencio y todos supieron que alguien había pasado por allí. Por la campana del cerro.

La noche andaba cerca y delante tuvimos pronto la playa: una gran lengua de agua que entraba desde el mar abierto y formaba casi un estanque. Las aguas tranquilas y templadas dotaban al pequeño hábitat de unas condiciones biológicas peculiares que lo hacían único en el planeta. Éste era uno de los motivos por los cuáles estábamos allí –el de los invertebrados-.

En la penumbra y, con la ayuda de la luz de gas, montamos una pequeña tienda de campaña en el rincón derecho. Detrás nos quedaba la pared peñascosa que caía en vertical y enfrente teníamos la protección de una hilera de rocas, de distintos tamaños, ya medio sumergidas en el agua. Piedra-agua-aire. La línea del horizonte cerraba el encuadre de ensueño.

Sabemos que en la vida hay hechos que marcan el inicio de algo. Aquí empezó todo, éste fue el principio, podemos afirmar. Podéis imaginar que la campana que despertó aquel atardecer fue el inicio de esta historia que estoy ahora escribiendo. Una primera detonación que se meció en nuestros oídos sin desaparecer del todo.

Todo tiene un nombre. Todo nombre tiene un concepto. A eso me dedico yo: a redactar los conceptos de los nombres. A buscar definiciones a las cosas de este mundo, donde todo debe tener un nombre y un concepto. Por eso he venido aquí a la playa de la Campana –así la llamo yo- con mi portátil para redactar 75 entradas para una nueva enciclopedia didáctica de la ciencia. Para dar explicación a unos nombres, que aunque existan por sí mismos, sólo son si un libro los ha definido, les ha dado autoridad para su existencia. Por eso he venido a esta playa que no existe en el mapa por ese nombre, el de la Campana, –de hecho no existe con ninguno, es simplemente una entrada de mar en el perfil de la costa- para dar conceptos a unos nombres para que puedan ser. Por eso he venido aquí. Para desde un lugar que no existe, porque no tiene nombre en el mapa, dar significados al mundo. Fuera de este mundo.

Mirando hacia el horizonte casi en la línea se vislumbraba un perfil. Por los mapas sabíamos que se trataba de la isla Rosebud, pero por el contorno lo asociabas a una ballena con la cola levantada. A veces es mejor no saber, pensé. Y ver a una ballena que te saluda, y no se va. Porque a veces es mejor no saber que aquella isla tiene un nombre: Rosebud, como la última palabra de Ciudadano Kane. La última palabra de una de mis películas predilectas. La palabra que quema en la caldera, grabada en la madera de un trineo y desaparece. En todos los lugares del mundo siempre hay una última cosa, la más perdida, la más lejana. Aquella isla también era una última cosa, allí desde la playa dónde yo estaba. Pero en aquel momento hubiera preferido sólo pensar que era una ballena, que me saludaba y que se quedaba allí para contemplarme desde lo antiguo.

Cuando por la mañana al amanecer asomé la cabeza desde la puerta de tela de la tienda, le dije a Marcos mira Rosebud. Una niebla como calima se depositaba sobre su lomo agreste y la imagen se perdía casi en la nada. No brillaba el sol, aunque luz había. El cielo dormitaba todavía en el lento despertar. Nos vestimos con los trajes de submarinismo y nos adentramos en el azul relativo del mar a bucear, dejándonos llevar por la transparencia del líquido y la espectacularidad del paisaje marino que se vislumbraba a través de la lente. Aunque parezca extraño el hecho es que la naturaleza puede llegar a sorprendernos más que la civilización. Estas palabras no son mías, las leí en un libro, una novela. Y cuando las leí, las compartí. Millones de peces seguían nuestro deslizar abrazados por toda suerte de plantas alargadas que se interponían a nuestro paso y ondulantes nos dejaban continuar. La isla fue alcanzada en casi dos horas. Debajo de la base misma de tierra que flotaba sobre el mar no había nada. O casi nada. La isla se sustentaba al suelo marino por una especie de columna lateral de unos tres metros de diámetro que caía en vertical hasta el fondo. Una especie de obelisco de estilo salomónico se orientaba hacia el centro de la tierra. Seres de pequeñas dimensiones entraban y salían por los orificios y canales. Marcos ponía la mano sin compasión y recogía invertebrados y los depositaba en una pequeña mochila de redecilla que llevaba atada a la cintura. Yo, mientras, hacía fotografías e inventaba los nombres que luego tendrían su explicación. Crisomel: Artrópodo de cuerpo redondo, de color miel. De seis antenas y cuatro ojos en el cefalotórax con la presencia de apéndices prensores.

Esta entrada fue introducida en mi base de datos cuando por la tarde nos dedicamos a clasificar los pequeños animalitos. Marcos era el que los compartimentaba en una especie de cajas de plástico que tenían unas pequeñas celdas con agujeros por donde circulaba el agua y que permitía conservarlos adecuadamente y poder, al cabo de unos días, desplazarlos hasta el laboratorio para su estudio. Yo mientras tanto me dedicaba a mi labor creativa con las palabras y a escribir este cuento, por ejemplo. Y también a contaros que el crisomel que nos trajimos de la columna de la isla, se escapó la primera noche que estuvo en tierra.

Fue esa noche en que la campana del cerro volvió a sonar. Había oscurecido de inmediato y no había luna visible. Marcos y yo nos acostamos temprano en esa penumbra absoluta y estando casi entrando en el sueño, la campana me despertó. Recuerdo que me incorporé de golpe intentando escuchar algo más. Tan sólo la percusión de las olas sacudiendo la arena una y otra vez era el sonido que absorbía el pequeño habitáculo de la tienda. Pero yo la había oído. Sabía que alguien andaba arriba, que una mano humana había tirado del cordel y que en aquel momento sus pies podían descender hasta la cala. Sentí ese miedo detenido. Luego otro solitario tañido se apoderó del espacio de cielo que nos cubría. Marcos abrió la cremallera y salió al exterior. Aquí no hay nadie, ven dijo intentando abrazarme. Pero yo no quise. Conocía sus abrazos. Conocía el contorno de sus labios. Lo conocía. Sabía que si lo hacía no podría dejar de hacerlo. Sabía demasiado de las cosas que ocurren y suceden y se instalan. Como con los mapas ocurre. Que sabes lo que hay y como se llama.
Y sabía también que lo mejor de nuestra relación era que no teníamos nada pendiente. Hacía muchos años que éramos amigos. Desde el bachillerato en que empezamos a salir hasta segundo de Biología, carrera que empezamos los dos pero que yo abandoné. Abandoné mis estudios, a Marcos, a mi ciudad y volé hasta Roma. De esto hacía diez años. Estuve en Italia viviendo siete, entrando en el terreno editorial a trabajar con las palabras. Allí inicié otras relaciones, todas ellas sin futuro y Marcos se fue a vivir con una chica que conoció en un congreso al cabo de poco y de la cual hacía tres meses que se había separado. Después de todo aquello y después de tantos años sin vernos, el proyecto sobre las enzimas de los invertebrados nos había unido otra vez y allí estábamos en la playa de la Campana.

Pero volviendo a la noche, efectivamente nadie bajó. La mano humana prefirió desviar su camino y la quietud se apoderó de la cala nuevamente. Marcos después del desaire mío prefirió hacer guardia fuera, me dijo. Creo que no lo entendió. Sólo oí su voz de madrugada anunciándome que Crisomel se había fugado. Intuí la contrariedad de su rostro. Y continuó:
– Y Rosebud, se va también. Voy en su búsqueda.

Y se marchó. Desde la puerta de la tienda de campaña, lo vi adentrándose con sigilo hasta desaparecer bajo el agua. Delante de mis ojos sólo tenía nuestra isla en suspensión. Allí estaba. Detenida. De Marcos recuerdo su contorno, su paso resoluto. La campana había cumplido. Había anunciado algo. Entendí.

Estuve toda la mañana trabajando con las definiciones, observando los artrópodos y adecuando el lenguaje más preciso para ser fiel a la realidad. Pasaron las horas sin ninguna vuelta. Siempre hay un instante fugaz, dónde ves el peligro. Dónde sientes que algo anda mal. Cogí una linterna acuática, me puse el equipo y me lancé sin demora hacia la isla. Estuve buceando un par de horas. No había ni rastro de Marcos, ni él, ni ningún objeto que llevase encima.

Os podéis imaginar la noche cómo transcurrió. No conseguí dormirme con plenitud. Imaginaba la mano de Marcos abriendo la cremallera y saludándome diciéndome que lo sentía, que había perdido la noción del tiempo. Imaginaba un crisomel enorme mirándome fijamente con sus penetrantes cuatro ojos y despareciendo después bajo las rocas. Pasé la noche dándole vueltas a mi cerebro, buscando las palabras adecuadas para organizar mi nuevo mundo sin Marcos. Las palabras se perdían en los túneles del pensamiento carentes de sincronía. Me era difícil definir ese abandono. Llegué a desear pensar en el abrazo que rechacé. Pero no quería volver a sentir que lo quería. Y no apareció. No volvió.

Por la mañana desmonté la tienda, embalé los utensilios de buceo, abrí las cajas y devolví los animalitos al mar. Dejé todo en el rincón derecho de la cala a resguardo, me crucé el portátil en bandolera y subí hacia el cerro. En diez minutos la campana brillaba ante mis ojos, pasé por su lado y tiré del cordel una sola vez. Sin mirar la playa, sin mirar a Rosebud que no se iba y allí estaba saludándome, supongo. Sin mirar atrás. Mirando solamente el poste donde paraba el coche de línea que me acercaría a la ciudad mientras avisaba de la desaparición de Marcos a la policía.

Marcos no apareció. Marcos no volvió. Nadie ha sabido más de él. La campana marcó la huída. Me es difícil definir ese ausentarse hasta desaparecer. Quiero pensar que en algún rincón del mapa está buceando y recogiendo muestras para la investigación que algún día tendrán un nombre y un concepto. En algún último lugar está. Buscando. En algún último lugar que existe y que tiene nombre. O que no lo tiene, como la playa de la Campana que hizo sonar por la vertiente el principio de esta historia.