III Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

14 dUTC marzo dUTC 2006

96- Y otra carta más. Por REB2

Una nueva carta llega a mis manos. ¿Cuántas habrán pasado ya? ¿Cuántos cientos de miles? ¿O quizás millones? ¿Y paquetes? ¿Cuántos sueños? ¿Cuántas decepciones?, ¿Cuántas esperanzas?, ¿Cuántas lagrimas? Ahora que ya me queda poco tiempo para que llegue el momento de terminar con esta mi profesión y entrar en mis años de retiro, no puedo sino recordar todos estos años, todos los recuerdos, todos los momentos, todas las sensaciones. Sé que lo echaré de menos. Pero pienso disfrutar con mi trabajo hasta el último momento.

Al poco de cumplir los dieciséis años de edad, mi padre me trajo aquí y habló con el encargado para que me diera la posibilidad de trabajar en esta misma oficina de correos. Recuerdo que mi padre le estuvo enviando cada navidad un obsequio a ese encargado hasta el día de su muerte, en agradecimiento por el favor de haberme colocado aquí. Nunca podré agradecerle lo suficiente a mi padre el haber tenido una idea tan magnífica. El hecho es que casi cincuenta años después de aquel día sigo aquí, y con la misma ilusión del primer día. Bueno, realmente los primeros meses no se puede decir que fueran prometedores, mas bien fueron los mas difíciles. A mí, el trabajo de estar recogiendo cartas de un saco o de una especie de carrito e ir introduciéndolas dependiendo del destino en el correspondiente cajetín, me parecía muy poco emocionante. Piensen que apenas era un adolescente y esperaba mucho más de la vida.
Un día llegó una especie de inspector, que pensé yo al verlo, debía tener al menos doscientos años, y se quedó durante un momento mirando como hacía mi trabajo. Al parecer, ya había inspeccionado el resto de las dependencias y ya se disponía a marcharse cuando se fijo en mí. Yo, al notar su presencia, aceleré aun más en el proceso de recoger cartas y paquetes, leer el destino, y colocarlos en el lugar adecuado. Quería que pensara de mí que era un empleado eficiente.

– ¿Por qué tratas así esas cartas y esos paquetes? Tan solo miras el destino rápidamente y los colocas. – me preguntó amablemente aquel señor tan mayor.
– Es que cuanto antes termine con este saco, antes empezaré con el otro, y así terminaré también antes – le respondí seriamente, con gran profesionalidad, y pensando que aquella pregunta debía ser algo así como una prueba.
– Pero las cartas no llegarán antes a su destino porque las clasifiques más o menos rápido. Verás, cada carta tiene una historia que contar, un mensaje que comunicar, es como si estuviera deseando que alguien la abriera y al hacerlo descubriera el secreto que contiene. Y tu tienes la oportunidad de obtener parte de ese secreto al observar la carta: la forma y el tamaño de la letra, el estilo de escritura, la forma y el tamaño del sobre, algún garabato en él, un olor, un perfume, el motivo del sello… Cada carta es un mundo del que solo vemos la parte exterior, pero que nos puede acercar al contenido del interior. ¿No crees que no se debe desperdiciar la oportunidad que se te presenta de conocer esas historias cada vez que pasan por tus manos? Y tú eres además esa persona tan valiosa que une al que escribió la carta con el que la va recibir. Siéntete importante, pues en realidad lo eres.

Aquel señor se fue sin más, y no volví a verlo jamás. Sin embargo sus palabras, como por arte de magia, se grabaron a fuego no solo en mi mente de adolescente, sino también en mi alma. Desde aquel día, aquellos objetos hechos de papel o cartón, y garabateados, comenzaron a cobrar una vida ante mis ojos que hasta entonces yo había pasado por alto. Pronto empecé a descubrir que una carta podía ser de unos enamorados, de unos colegas de trabajo, de unos familiares dando malas noticias, de unos amigos alejados por la distancia.

Y empecé a tener conciencia de que esa persona que escribió esa carta, la escribió con el firme propósito y la convicción de que llegaría a su destino, poniendo empeño en hacerse entender o transmitir algún tipo de sentimiento. Un pedacito de los pensamientos, temores, ilusiones del remitente quedan a su vez marcados en ese sobre, en esa carta, en ese paquete, y solo tendrán valor en caso de que el destinatario pueda entenderlos, sufrirlos, disfrutarlos, asimilarlos. El viaje se inicia en la mente de la persona que tiene que comunicar algo. Adquiere un sobre, un sello y unas hojas inanimadas, sin vida, en las que plasmar lo que desea transmitir. Comienzan a fluir las ideas en un proceso que trata de conseguir que el resultado sea el esperado. En cualquier carta, siempre se quiere que ésta quede perfecta, comunicar con exactitud: “No quiero que piense esto de mí, es demasiado atrevido”, “Expuesto así, parece demasiado crudo, demasiado doloroso”, “Es demasiado amigable, y son solo negocios”, “¡Como se va a alegrar cuando lea esto!”. Así, a base de rebuscar las palabras adecuadas, y darles la intención deseada, esas hojas inertes cobran sentido, y se convierten en una voz apagada, presta a ser celosamente encerrada en un sobre, que será el recipiente y la vez el escaparate en que guardar la obra. Casi podría imaginarme la cara del remitente en el momento de echar la carta en el buzón, o al traerla a esta misma oficina para mandarla como urgente… “¿Cuándo llegará?”, “¿Habrá llegado para el día de la madre?”, “¿No se marchitarán esas flores?”…

Y por supuesto, no podríamos olvidar en esta historia al destinatario, que cuando recibe el envío, se da cuenta de que hay una persona al otro lado del mundo o al otro lado de la calle, o incluso una persona anónima, que ha pensado en mandarle un regalo tan especial. ¿Porque me escribirá?, ¿Qué contará?, ¿Serán malas noticias? La emoción, la curiosidad, la preocupación, o el nerviosismo al rasgar el sobre y sacar el contenido, no son sino el preámbulo para ir desvelando los secretos que venían encerrados en cada letra, en cada palabra, en cada línea. Una sonrisa. Una mueca de dolor, o de enfado. La evocación de un hecho del pasado. La esperanza de algo futuro. Una lagrima. Un estremecimiento. Todo eso y mucho mas puede provocar ese secreto que atrapado en el sobre, ha sido revelado.

Hay cartas que una vez leídas se tiran a la papelera, otras que se dejan encima de la mesa hasta que el olvido se las lleva, y otras que se guardan cuidadosamente en un lugar especial, durante toda la vida. Pero mis favoritas son aquellas en las que el contenido de la carta alcanza una dimensión tal, que queda eternamente ubicado en la mente de la persona que lo lee. Toca una parte de su corazón, y lo marca. Para siempre. Es en esas situaciones cuando realmente pienso que mi trabajo es el mejor del mundo, pues me siento como el puente que ha unido a dos personas, que ha conectado dos espíritus, que ha ayudado a trenzar un lazo entre dos almas.

Es increíble lo que se puede deducir de un sobre o un paquete después de llevar mucho tiempo observándolos, dejando que te cuenten detalles, notando matices o pequeñas señales, sutiles pistas. Cuántas cartas de la amada al valiente joven en el frente de batalla. Cuántas cartas de hijos contando a las madres sus aventuras en remotos lugares, o de madres contando sus viajes a amigas. Cuántas cartas informando de como siguen las cosas por el pueblo, o como han cambiado en la ciudad. Cuantas cartas de felicitación por el nacimiento del sobrino, o por la boda de unos parientes, o por un año nuevo lleno de éxito. O cuantas cartas de pesar por la muerte de un ser querido, o por la enfermedad de un amigo, o por el final de un amor que se creía eterno…

Hoy en día, todo ha cambiado, todo se ha modernizado por aquí, pero aún se necesita que alguien se encargue de este mi trabajo. Las oficinas han crecido a lo largo de los años debido a las necesidades, y hoy en día somos ya varios los que nos ocupamos de esta labor. El resto de compañeros son jóvenes, y aunque a todos y cada uno les fui contando lo que a mí me fue contado cuando solo era un chaval, ellos no creen en la magia que pasa constantemente por delante de ellos. Ellos por su parte siempre se están quejando de su trabajo y suelen durar poco aquí pues buscan otra cosa. Supongo que los tiempos cambian de tal forma que hoy en día tienen otras cosas más importantes en la cabeza. Seguramente me verán como un viejo loco de canos bigotes y grandes gafas para el que este trabajo es su vida, y que ha quedado trastornado por la incesante llegada de envíos. Pues no se equivocan: yo mismo también pienso muchas veces eso. ¿No habré malgastado mi vida con ensoñaciones, supuestas historias de amor, falsos documentos de negocios de gran magnitud, inexistentes planes de exóticos viajes, imaginadas malas noticias? La he malgastado en cuanto a que no he conocido mundo como han hecho otros. No he amasado una gran fortuna, como otros hicieron. No he recibido una educación o un nivel cultural elevados, no tengo unos modales refinados. No tengo posesiones que pasar a mis hijos, ni tengo subordinados a los que dar órdenes. Eso es lo que opinarían de mí la gran mayoría. A cambio, he conocido el amor verdadero y he trabajado en algo que me ha ilusionado cada mañana, cada tarde, cada día de mi vida. ¿Se puede pedir algo más? Supongo que si tuvieran que hablar de mí, algunos dirían que me conformé con poco, que no tuve grandes aspiraciones, pero ¿es poco ser un soñador y vivir entre sueños cada día?

Una carta más pasa por estos arrugados y viejos dedos. Mis ojos detrás de estas gafas siguen sin embargo ágiles. Por la grafía de la letra, debe ser de una chica, y joven. Por la forma de la misma, el tamaño, y la distancia entre las líneas al poner la dirección del destinatario, este debe ser una persona apreciada. El sobre, mas pequeño de lo normal, y con ese tono grisáceo con algún matiz rosáceo quiere indicar cierta intimidad, pero a la vez algo de coquetería. Va dirigido a un hombre. Por lo grueso del sobre, parece que hay varias hojas escritas. Al acercar el sobre a mi nariz, noto cierta esencia. Ummm, yo diría que si bien no va dirigida a un novio, si que puede tratarse de confidencias a un amigo, un amigo especial, que quizás algún día… Mucha suerte chiquilla, espero que pronto pase por aquí como tantas veces ha ocurrido, la respuesta que anhelas de ese chico. Yo por mi parte, antes de dejar el sobre en el casillero adecuado, soplaré levemente encima del mismo para que los vientos del azar os traigan la mayor de las fortunas.

Y otra carta más…