III Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

14 dUTC marzo dUTC 2006

82- TÍA DORA. Por ANTON PAVLOVICH

Siempre pensé que tía Dora tenía que existir y por esto he tratado de encontrar a menudo alguna prueba de ello en nuestro piso de Joaquín García Morato. Con cualquier cosa me habría contentado, un papel con su firma o un anillo con su nombre grabado.
De pequeño tenía la costumbre de encerrarme en el cuarto trastero para ojear esos calendarios de bolsillo con chicas en bikini que nos pasábamos en el colegio. Allí dentro habitaba el viejo baúl de abuela Eugenia, siempre ajeno al paso del tiempo. No sé por qué, pero un día se me ocurrió abrirlo y encontré un montón de álbumes. Me llamó la atención uno de ellos por sus pastas de cartón rojo bastante desgastadas. Contenía fotos antiguas de la boda de los abuelos, y de la de mamá y papá. Pasé revista a todas esas fotos hasta que di con una que llamó mi atención. Era una mujer vestida de chulapa y, si no me hubiera fijado con tanto detenimiento, quizá me habría pasado inadvertida como otra foto más de mamá.
Aunque se parecía mucho, supuse que debía de ser tía Dora porque tenía un lunar en la nariz que mamá no tenía. En la foto lleva un vestido blanco con volantes, salpicado de lunares negros, largo y muy ceñido, y un mantón sobre el pecho. Tiene la cabeza girada, dejando a la vista un gran moño con el cabello negro bien estirado. A un lado, encima de la oreja, luce una gran rosa blanca, y los labios los lleva muy repintados con un carmín muy oscuro.
Abuela Eugenia nunca había hablado de tía Dora. Tampoco papá hablaba de ella ni de nadie. Y menos mamá, que siempre he creído que la odiaba. Nadie hablaba de nadie. Tenía que hablar con Abuela Eugenia, pero precisamente aquel día se encontraba mal y no se había levantado. Mamá me había dicho que no la molestara, así que más tarde, en la comida, no sé cómo tuve el valor de atreverme.
—¿Dónde vive tía Dora? —pregunté muy rápido.
Los tres cruzaron miradas y enseguida papá respondió como siempre, con otra pregunta:
—¡Qué chiquillo! ¿Ahora te inventas tías?
Y mamá me miró como enfadada y dijo:
—Mejor que no tengas tías, ni siquiera inventadas.
Ellos siguieron hablando sin hacerme caso pero, por más que disimularan, yo sabía que tía Dora existía. Al terminar de comer me encerré otra vez en el cuarto trastero y volví a abrir el álbum rojo recién descubierto. Me absorbían sus fotos como si fueran las monedas de plata de un tesoro. Estaba sentado en el suelo mirándolo cuando entró papá, y me asusté porque al abrir la puerta oí gritos que venían del salón. Eran de mamá y además lloraba. Papá me cogió del brazo y tiró hacia arriba para levantarme, haciéndome daño. Por un momento pensé que había pegado a mamá, pero me preguntó qué hacía allí escondido, y antes de poder disculparme diciendo que tan sólo estaba mirando aquel álbum, dijo sin más:
—Abuela Eugenia se ha muerto.
Así que ya no pude preguntar a abuela Eugenia si era tía Dora quien aparecía en aquella foto del álbum rojo. Los días siguientes seguí escondiéndome en el cuarto trastero para repasarlo mientras escuchaba las voces al otro lado de la puerta. Papá hablaba de la Argentina. Mamá quería encontrar a alguien, pero papá decía que no iba a dar tiempo antes del entierro de abuela Eugenia. Yo estaba seguro de que hablaban de tía Dora. Como mamá era muy obstinada, llegué a esperanzarme con la idea de que viniera. Después de haber descubierto el álbum rojo nada me podía hacer más feliz que conocer a tía Dora. Y me dije que mamá tendría entonces que reconocer la verdad. A tía Dora me la imaginaba igual que ella, aunque esperaba que fuera más cariñosa.
Pero no la debieron de encontrar.
El piso de Joaquín García Morato sin abuela Eugenia era diferente. Mamá se puso muy nerviosa y me llegaban las voces hasta el cuarto trastero. Hablaban del piso y de una herencia, y mamá no hacía más que repetir que el piso era suyo porque había tenido que cuidar de abuela Eugenia. Eso me confundió, ya que pensaba que abuela Eugenia nos había cuidado a todos. Aunque no entendía mucho lo que decían, sabía que tía Dora estaba en el centro de aquellas conversaciones.
El funeral fue a las dos semanas. En la iglesia me fijé bien en toda la gente por si acaso aparecía tía Dora de incógnito. A la vuelta del funeral, me armé de valor y aquella vez no esperé ni a la cena.
—¿Tía Dora nos va a quitar el piso?
Papá y mamá se miraron como si hubiera dicho algo gordo y mamá salió con otra de las suyas:
—¡Le ha dado fuerte con esa tía Dora!
Aquella respuesta me forzó a confesarles que había visto una foto de tía Dora, de joven, vestida de chulapa. Entonces mamá se echó a reír y papá la miró asombrado. A mí me asustó, porque no era muy frecuente verla reír a carcajada limpia. Llegó a hablar entre risas:
—Pero si ésa soy yo.
Y entonces papá miró a mamá y empezó a reír también.
—En la verbena de San Isidro —dijo Papá—. ¿Te acuerdas?
Aquellas risas hicieron que me sintiera tan ridículo, que decidí olvidar el álbum rojo. Se quedó allí, junto a los otros, dentro del viejo baúl.
Durante un buen tiempo no volví a abrirlo.

Cuando me hice mayor casi perdí la fe en tía Dora. Había llegado al convencimiento de que lo de tía Dora no había sido más que un juego típico de la edad. Pero la casi certeza se tornó en duda el día que apareció por casa una prima de mamá, que ella me presentó como la tía Josefina. Venía a pasar unos días a Madrid porque tenía a su marido hospitalizado. Lo cierto es que intenté sacarla algún parecido con mamá, y tal vez necesitaba encontrárselo para acabar de convencerme de que tía Josefina era la auténtica tía Dora. Para aclarar todo tan sólo habría tenido que mostrarle aquella foto del álbum rojo, pero mamá me hubiera dejado como un lunático: a esa edad, y todavía con aquellas tonterías de tía Dora. Así que me guardé mucho de hacerlo y, como necesitaba dotarla de existencia, de una manera inconsciente la reemplacé por aquella tía del pueblo, Josefina. Ella se marchó al cabo de unos días y, a partir de entonces, viví con la esperanza de que en cualquier descuido ellos hablaran de Dora en vez de Josefina.
Pero nunca fue así.
Pocos años más tarde desaparecieron papá y mamá, y con ellos también esos silencios que me habían revelado la existencia de tía Dora. Entonces volví a recurrir, incluso con más frecuencia que de pequeño, a visitar las hojas del álbum rojo, que había conservado dentro del baúl. Tal vez eso me ayudó a sobrellevar la soledad de aquel piso.
Y a fuerza de mirar la foto de aquella chulapa acabé convenciéndome de que no era mamá.

Lali siempre se ha preguntado cómo pude vivir tanto tiempo solo en el piso. Claro que yo nunca le he hablado de tía Dora. Sólo habría faltado que lo hubiera tomado como una de mis majaderías. Fue la vida de casado lo que me hizo olvidarla, de manera que con el paso de los años lo único que me quedó fue el recuerdo de aquel nombre. Durante los dos embarazos de Lali no me cansé de repetir mi capricho con la misma obstinación de un niño:
—Si es una niña le pondremos Dora.
Pero los dos fueron varones.
Ahora que se han hecho mayores y se han ido de casa, Lali es más que nunca mi tía Dora. Los álbumes que un día encontré en el viejo baúl siguen allí. Se han añadido otros muchos de las comuniones y bodas de los chicos, y de nuestros viajes. Aún así, sé que lo de tía Dora ha sobrepasado el límite de cualquier ilusión infantil.
Y me he pasado media vida intentando olvidarla sin conseguirlo.
Lali me comentó ayer que había llamado una señora desde la Argentina. Dijo que volvería a llamar hoy. Esta mañana, bien temprano, he entrado en el cuarto trastero y he abierto el baúl para desenterrar el álbum rojo. Hacía muchos años que no lo abría. He ido derecho a esa foto, la de mamá vestida de chulapa y, no sé por cuánto tiempo, he estado contemplando aquel lunar en la nariz que ella nunca tuvo.
Ahora sólo espero esa llamada.