III Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

14 dUTC marzo dUTC 2006

79- Perro. Por Fobia

Esta es noche de perros. Perros como yo. Yo no ladro, pero muerdo. Venid, venid a por mí. No llueve pero mis botas revientan los charcos negros entre calles oscuras que susurran bravatas. Puto barrio. Aprieto las solapas hasta rozarlas con la barba de tres días. Me estiro dentro del viejo abrigo negro que me cubre y me oculta. Soy la sombra. No me verás, porque no existo. Y si me ves… si me ves ya no volverás a necesitar ver. El frío se insinúa como la vieja puta, me besa, me lame, me babea hasta que se rinde consciente de que mi piel no es piel sino el pellejo correoso del azotado. Sonrío aunque mis labios no se inmuten. Soy un fantasma virtual que camina entre basuras esquinadas y fachadas roídas. Está noche sé que los dioses me miran, observan el vaho que despido conscientes de que es madrugada de sacrificios. Sé que soy el hijo que siempre soñaron tener. Hijos de puta. Aprieto los puños en unos bolsillos que ocultan metales capaces de besar las carnes y desgarrarlas. Noto la tirantez del depredador. La soledad laberíntica de las callejuelas mal iluminadas me incita y azuza. ¡A cazar¡ ¡A cazar! Me detengo. Olisqueo. Enciendo un cigarrillo y dejo que mi hombro se hermane con la piedra de un sucio soportal. Acompaso caladas con el lento fluir de mi sangre, fría, siempre fría. Mis pupilas rasgadas se clavan en la puerta de un malicioso antro rojizo. Y espero. Espero.
El Goma cree que porque su piel ha sobrevivido a siete apuñalamientos y cinco balazos es de goma y nada puede atravesarle. El Goma tiene el pelo cano y la sonrisa enferma del que se sabe hermanado con la peor ponzoña. El Goma se gana el sustento vendiendo química y carne de mujer entre los bienaventurados. El Goma cree que se puede golpear a una puta hasta casi matarla sin que nada te ocurra, y tiene razón, se puede.
El Goma sale del garito con la sonrisa encajada en un rostro difunto y el cuerpo vencido por el alcohol. Su matón le sujeta y arrulla como la torpeza de la nodriza ebria. Ya estoy detrás. La testa del gigante no tiene tiempo de girar, sólo nota el cálido tajo en el cuello y de pronto todo su empeño reside en taponar una brecha roja que amenaza con vaciarle. Los ojillos turbados de su jefe alcanzan a ver los colmillos del verdugo. Agria el gesto y vomita un sonido gutural cuando la fina plancha de metal atraviesa su huesuda carcasa en busca del corazón. Tras el beso, la hoja sale, y con ella la vida del sórdido proxeneta que se creía de goma. Paladeo el orgasmo atávico que produce en el homo sapiens quitar la vida. Soy Dios. Soy un homo sapiens. Soy un perro. Los dos cuerpos inertes ensucian la calle mientras rastreo ojos furtivos que entre la basura hayan visto más de lo que debieran ver. Sólo un mundo de oscuridad y sombras testimonian lo ocurrido. Exhalo. Con la parsimonia ritual del que nada tiene que perder limpio la hoja carmesí sobre la alpaca de lo que ya son sólo restos orgánicos. Me incorporo. Aprieto las solapas contra mi barba de tres días y comienzo a caminar.
Enciendo un cigarrillo mientras sorteo coches esqueléticos y paredones pintarrajeados que son banderas de peligrosos clanes. Entre húmedas callejas y acuosos pasadizos escucho las roncas risotadas de los dioses ebrios de excitación. Palmotean empalmados retorciendo sus sudorosos corpachones unos con otros. Soy su perro preferido, por eso me retienen aquí abajo, en el infierno. ¡Cabrones!
Me detengo frente a un oscuro tugurio que despide el tufo de lo familiar. Empujo la puerta y entro. Un humo opaco y rancio me rodea y manosea. Las tenues luces muestran rincones sombríos donde parejas se cortejan. Bajo una música melosa bultos y perdedoras figuras se desparraman por mesas y escondrijos en busca de un poco de calidez que pueda comprarse y venderse. Dejo caer el cigarrillo sobre el pegajoso suelo simulando el ladrido del que se anuncia. Camino hacia la iluminada barra donde una sonrisa profesional me muestra la sugerencia y la insinuación del amor empaquetado. Pregunto por Afrodita y la dama dice que tendré que esperar. No me gusta esperar. La muerte puede creer que la esperas a ella y venir a buscarte. La sugestiva pecadora se interesa por el elixir con el que aliviaré la espera pero yo ya estoy ascendiendo la escalera de rojiza moqueta. Un pasillo oscuro salpicado de puertas me recibe mientas abajo alguien ladra. Pateo la primera.
Un cincuentón calvo, atento esposo y aplicado padre, desahoga su primaria necesidad de insultar a la mujer a la que cabalga en un pueril intento por mostrarse amo y dominador, consciente de que mañana será él el dominado de ocho a tres. Ante mi presencia se gira asustado dejando entrever bajo su sudoroso cuerpo el rostro estoico de una chica del este. No es ella.
Sin pausa encaro la puerta de enfrente y la hundo de un feroz puntapié. Descubro la figura inerte de un joven recién casado sobre el que una laboriosa rumana aplica una dificultosa felación. El estado etílico del chico evita que se inmute por mi irrupción, pero la muchacha deja su esmerada labor y me observa consciente de que no conseguirá empalmar a aquel burguesito hijo de papa. Los ojos de la chica no son los que busco.
Tres metros más para allá la tercera puerta cae del mismo modo. Esta vez un temeroso hijo de Dios bufa mientras sodomiza a una desdichada inmigrante en la seguridad de que la redentora confesión matinal limpiará todos sus pecados dejando su alma impoluta. Al instante el creyente detiene las antinaturales embestidas frente a mis interrogantes ojos. Doy un paso hacia él. La chica aparta sus rubios cabellos y se muestra un ser desconocido. Retrocedo.
La siguiente puerta necesita de dos patadas para vencerse. Dos sudamericanas que ya eran viejas con quince años saltan al unísono abandonando el mediocre miembro de un obeso empresario hecho así mismo. Me retiro seguido por el improperio del analfabeto funcional que, acostumbrado a que su dinero y su porte agresivo le rindan el mundo, se muestra chulo desde su ridícula pose. Me giro. Gruño. Se caga.
El sudor liga mis cabellos al tiempo que brota de mi rostro empapándolo. Exhalo hastío cuando de un violento puntapié destrozo la enésima puerta. La joven de larga melena oscura me recibe de espaldas sobre la figura masculina esposada a la cama. El tipo se deshace entre la sorpresa y la vergüenza pero no dice nada. Ella no se inmuta. Observo aquellas formas perfectas sobre las que aún se distinguen las tumefacciones que causó un cabrón difunto. En el silencio llevo un cigarrillo a mis labios. Juega. Lo enciendo. Le gusta jugar. Doy una larga calada. Le gusta jugar a ser una niña desobediente. Apoyo mi nuca contra la pared y espero.
Afrodita se gira con la sonrisa pícara de quién ha hecho trampas. Los hematomas de su semblante apenas disimulan una belleza animal que hechiza con el mero contacto. Ronronea mientras se incorpora sin pudor. Su mirada infantil se insinúa mientras con la cadencia de la serpiente se contonea voluptuosa aproximándose. Doy otra calada. El humo irrita unos ojos que son del cuerpo desnudo que está frente a mí. Frena su sensual rostro a dos centímetros del mío. Noto la combustión de su aliento. Dejo de respirar. Sonríe. Su maliciosa mirada devora mi alma mientras yo no me inmuto. Nos vamos, digo.
Rota la magia, el gesto de Afrodita se encrespa preguntando si me gusta ser el obediente perro de su padre. Muerde. Ataca. Se revuelve. No contesto salvo para decirle que se vista. Me fulmina con la mirada y se gira displicente. Mientras se viste los oigo. Son las pisadas aceleradas de los mastines que cuidan el ganado. Avanzan por el masillo tras el rastro fresco. Doy otra calada.
Un gigante negro y su bate de béisbol es el primero en llegar, pero no es hasta que llega el coloso blanco que las preguntas retóricas ocupan un tiempo innecesario. El silencio muestra lo evidente. Dejo que el cigarrillo se desprenda de mis labios y se despeñe por mi cuerpo. Morder, es tiempo de morder. Los gigantes dudan un segundo, observan a Afrodita y lo entienden, entonces el mastín negro alza su estaca. Le miro. No me inmuto. Con un bramido seco mi bolsillo derecho escupe algo metálico que lo traspasa y va a adosarse en el musculoso pecho del atacante reduciendo su embestida a una convulsión agónica. El segundo cíclope eleva su mano armada pero para cuando su dedo oprime el gatillo su cuerpo ha girado noventa grados con un tercer ojo abierto en la frente. Y el silencio, de nuevo el silencio, es el réquiem que acuna los cuerpos muertos.
Afrodita observa excitada mi indolencia con la veneración de quien reconoce el instinto animal y gusta paladearlo. Vestida, se incorpora y abandona la habitación para con la desidia de la rendida recorrer el oscuro pasillo. La sigo.
Enciendo otro cigarrillo mientras escucho el frenesí de unos dioses que festejan alborozados la nueva matanza. Vomitan loas y mezclan mi nombre con todo tipo de lisonjas. Sus ojos rojos por el vino y la sangre juran que no soy hombre sino dios. Doy una calada. Me siento perro.
Descendidas las escaleras entre miradas curiosas y gestos cautos, avanzamos pausados hacia una puerta que promete expulsarnos de este útero depravado que es el humano. De pronto, una mole tosca y rapada que hace las veces de cancerbero se interpone y ruge. Afrodita sonríe maliciosa, me mira divertida y se aparta. El guardián de la puerta carga con la ferocidad del ignorante. Falla. Superada su presa se detiene extrañado, no entiende como ha podido errar el golpe, no entiende que hace aquella daga alojada en su costillar, no entiende porque se derrumba. El silencio de los testigos congestionados contrasta con el aullar de mis enardecidos dioses. Un trazo de pervertido arrebato queda tatuado en la mirada de Afrodita, que sonriéndome, se gira y alcanza la puerta. La sigo. Siempre la sigo.
En el exterior la noche y su frío tienen un sabor especial. Huele a olimpo. Los dioses están aquí.
La traviesa Afrodita baja la cabeza y camina hacia la circunspecta mirada de su padre fingiendo arrepentimiento. Zeus la acoge y antes de marchar me mira y sentencia señalándome que en agradecimiento a los servicios prestados me otorga la categoría de semidios. Eso es todo. Quedo solo.
Enciendo un cigarro y tras dar una calada observo el silencio empequeñecedor. Un semidios. Lo he logrado. Ya no soy hombre, soy más que hombre. Ahora soy Heracles el semidios. Inhalo humo. No siento especial alegría. Pensé que sí. Debería. Sonrío y doy otra calada para rellenar de tizne el inmenso vacío que es mi interior. Quizá sea un estúpido pero ahora no termino de entender está necesidad mía de negarme e intentar ser lo que no nací. ¿Le pasará al perro que no deseará ser perro? ¿O sólo le pasa al hombre? Un dios. Deseaba ser un dios y ahora que lo soy me pregunto si ellos me crearon a mí o yo los cree a ellos. No sé. ¿Importa? Lo único que sé es que la pérdida de la fe en Dios supone que el hombre queda sólo con su naturaleza, y al homo sapiens no le gusta su naturaleza.
Ahora ya no ladro porque no es propio de dioses, aunque me aterroriza intuir que podría hacerlo.