III Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

14 dUTC marzo dUTC 2006

74- Secreto de confesión. Por UnoA

Miró hacia arriba. La lluvia arreciaba; el aire invernal soplaba con fuerza, moviendo las copas de los árboles, que lucían tímidamente, por todo adorno, sus últimas hojas de color chocolate. El cielo gris, monocromo, sin un ápice de luz, le hizo sentir aquel familiar vacío en la boca del estómago. Giró el cuello de su abrigo, sujetándolo ante su cara para guarecerse del frio. Caminando deprisa, trató de no pensar, como si su paso ligero pudiese barrer los recuerdos de su cabeza, del mismo modo que el viento frio arrastra los cabellos a su paso. “Perdóname, páter, porque he pecado”. Las palabras martilleaban una y otra vez en su mente, como una constante murga inacabable. “Perdóname, páter…” Perdonar. Perdonar qué.¿ Con qué licencia podía él perdonar a un asesino?¿ Quién escribió la absurda ley que permitía a un criminal descargar su culpa sobre un pobre clérigo, dejándole el infinito dilema a merced de su conciencia? “Perdóname, páter…” Los clavos de Dios. Sólo diez años en la parróquia, y ya tantos casos extraños. Pero aquello…lo de esa tarde era mucho más que una simple anécdota. Era un problema de discernimiento, algo que un joven cura no tenía por qué, a su juicio, cargar en su espalda. Bastante era ya la obediencia, la pobreza, la mil veces maldita castidad, para encima tener que aguantar las excentricidades de un delincuente sin escrúpulos a quien no importó ponerle en un brete, descargando sobre él su sucia conciencia, y marcharse en paz tras escuchar aquello de “ego ti absolvo”.Giró por la calle de piedra, en dirección al obispado. Los edificios bajos, ancestrales, luciendo aún sus gárgolas de piedra, le hicieron por un momento abstraerse de sus tribulaciones. “Otros tiempos, otras costumbres…” Pero, que él supiera, el secreto de confesión había existido desde que la Madre Iglesia comenzó a tener razón de ser. Bien les había venido, pensó, a muchos de sus compañeros de antaño, para absolver crímenes horripilantes perpetrados en nombre del poder, con la única finalidad de obtener todavía más. No era un inocente; sabía que la Gran Madre no había sido, en su luenga história, un dechado de virtudes. Pero conservaba aún una chispa de idealismo. Todavía creía que la verdadera fe podía cambiar el mundo. Sabía que era cuestión de tiempo convertirse en uno de esos hombres de iglesia grises, tan grises como sus trajes y sus cabellos, pero era consciente de que aún faltaba tiempo para eso, y estaba dispuesto a quemar todos los cartuchos antes de que se consumara la metamorfosis. Siempre creyó que, a pesar de lo que todo el mundo pensaba, era posible el triunfo de la verdad y de la justicia por encima del atrezzo social, del maquillage necesario para que la hipocresía de las costumbres ancestrales siguiera brillando con luz propia. Una luz propia de la que carecía, que era tan solo atribuible a la autenticidad.

Subió la escalinata por el centro, evitando la balaustrada blanca que la bordeaba, en dirección a la puerta principal. Al llegar arriba, preguntó por el obispo, que estaba tan ocupado como siempre. Al decir su nombre, el secretario le condujo sin más demora ante su excelencia.
-Mal asunto, muchacho. El secreto de confesión es todavía utilizado en nuestros días. En el meridiano del siglo veinte, es aún posible para un asesino escudarse en la Santa Madre Iglesia, limpiando de ese modo su conciencia ante Dios. Y es impensable que acudas a la policía; ningún tribunal, ningún clérigo ni ningún feligrés te perdonaría a ti, en cambio, tamaña falta de ética.- El obispo se detuvo. Conocía por experiencia el infierno moral por el que su sobrino estaba pasando. Muchas eran las cosas extrañas que él había tenido que aguantar de sus parroquianos, desde peticiones hasta secretos inconfesables, y sabía bien la dificultad de separar las guerras propias de las ajenas, algo que su querido chico estaba aún lejos de digerir. Pero era un joven inteligente, y era cuestión de tiempo.- Pio XII tiene ahora muchos problemas. Estamos en mitad de una guerra, y el Vaticano tiene muchas presiones internacionales. Los paises aliados quieren que el Santo Padre se pronuncie contra el nazismo, y este pretende conservar su postura diplomática, situación que se está haciendo insostenible por momentos. Y en medio de todo esto, tú me vienes con un crimen doméstico y un pueril problema de conciencia. Mira, hijo, mejor olvídalo. Tienes la licencia de hacerlo. Cumples una labor, que tú mismo elegiste. Llévala, pues, a cabo, con la mayor celeridad posible. Olvida lo que te cuenten en el confesionario apenas absuelvas al pecador, y continua con tu camino. Vuelve a tu pueblecito, a tu iglesia, y sigue con tu vida tranquila.

“Sangre Santa. Espinas benditas. Joder, joder, joder”. La estación estaba empapada; el día continuaba tan gris como a su llegada a la ciudad. Roma le había impresionado siempre, con sus ancestrales barrios;el Trastévere, el Trevi, las amplias avenidas que conducían al centro de la ciudad, empedradas desde el tiempo de los Augustos, debiendo su anchura al goteo interminable de cuádrigas y bigas. El foro de Trajano, el de Marco Aurelio, con sus escombrosas ruinas que recordaban, apenas tan solo por las impecables columnas historiadas, que aquella fue, siglos atrás, la capital del mundo. Roma, tan eterna y tan corrupta. Hermosa, y llena de intrigas, como una cortesana dieciochesca. “Arrivederci, Roma…”, pensó mientras el tren se alejaba de la ciudad en dirección al pueblo, a pocos kilómetros de allí. Poco había sacado en claro, nada sabía de cómo iba a lograrlo, pero, de un modo u otro, la verdad brillaría. Miró una vez más el cielo gris, y en una oración rogó por la salvación de su alma, y pidió que se abriese la luz en su mente, una luz que iluminase el camino que debía seguir.

Aquel domingo, la iglesia estaba más llena que de costumbre. Francesco entró solo y miró a Benedetta. Esta le devolvió la mirada, tratando de clavar con ella mil puñales en sus ojos. Nadie sabía quién había matado a Marcelo Veronne, su prometido. Todos sospechaban de Francesco, ella la primera; sabía de sus anhelos desde hacía tiempo. Y él sabía muy bien lo mucho que Benedetta amaba a Marcelo, con lo que siempre había comprendido que no tenía nada que hacer. Eran muchos los que creían en la culpabilidad de Francesco, un chico de mirada torva y natural cabizbajo, callado y serio. Fabio Rinaldi, el hijo del terrateniente, con casi la totalidad de las tierras de cultivo de uva de la comarca, salvo la de los Veronne, que siempre había ansiado comprar y nunca habían querido venderle, aparecía tan digno como siempre, con su traje de corte impecable, acompañado de su primo Andrea, el heredero junto a Fabio y único rubio de los Rinaldi, por quien las muchachas solían pelearse. Junto a ellos, Marco Testi, el cartero del pueblo, vecino de Benedetta, que siempre la había deseado en secreto. Y claro, Julio Veronne, el hermano de Marcelo y único heredero ahora de la fortuna de los Veronne, miraba hacia adelante intentando aparentar serenidad. Poniéndose la sotana blanca y todos los elementos tradicionales que utilizaba para decir misa, miró con fijeza hacia la puerta de la sacristía, que le conduciría directamente al púlpito. “Ahora o nunca”, pensó, y con toda la determinación que pudo reunir, salió del umbrío cuarto.
Miro frente a sí. Su cabello rubio ceniza le cayó por un momento sobre la frente. No se molestó en apartar el mechón. Sin decir nada, se colocó en el centro del altar. Paseó sus ojos de izquierda a derecha, deteniéndose en todas y cada una de las caras que, atónitas, no daban crédito a la actitud del párroco. Benedetta…Francesco…Fabio…Andrea…uno tras otro, todos ellos. Fue bajando las escaleras, despacio, sin parar de mirarles. Julio, Lucio… Se colocó a la altura del crucero. Miró sobre sí, hacia la cúpula, y cayó de rodillas. Los parroquianos lanzaron una exclamación de extrañeza. Postrado, con los brazos en cruz y mirando hacia las bóvedas sobre su cabeza, empezó a musitar, con un susurro imperceptible: “Mea culpa…mea culpa…” Todos le miraban sin articular palabra. “Mea culpa, mea culpa…” El susurro aumentaba de tono. Ahora se podía oir sin demasiada dificultad. “Mea culpa…” La mayoría de los feligreses le miraban sin comprender; otros se miraban entre sí. “Mea culpa…” Ahora el tono era bastante elevado. “Mea culpa! Mea culpa!” No apartaba su mirada de la cúpula, de las bóvedas. Y su voz, desde el fondo de su garganta, acusaba a gritos a nadie, reventaba contra nada. “Mea culpa! Mea culpa!” Sus ojos en blanco, extraviado el gesto, las palabras que rebotaban una y otra vez contra las paredes del templo. Nadie se movía, nadie respiraba. “Mea culpa! Mea culpa!”• Y, de pronto, desde el banco delantero, una voz se unió a la suya. “Mea culpa! Mea culpa!” Fabio Rinaldi, sudoroso, temblando, cayó de rodillas junto al clérigo, para postrarse después completamente tumbado en el suelo, con los brazos en cruz. “Mea culpa! Perdóname, páter! Perdóname!”.